TRAUMAS INFANTILES
Hoy, no sé muy bien cómo, empecé a traer a mi mente algunos recuerdos de la infancia.
¡Oh, infancia! Ese lejano y maravilloso país lleno de fantasía e ilusión... ¿Alguien vivió allí? Yo no.
Uno de los primeros recuerdos que tuve fue el miedo que me provocaban los Reyes Magos. Todos los cinco de enero yo era presa de un miedo terrible. Una amiga mía, Gabriela, me juraba y perjuraba que había visto a Melchor. ¿Por qué tuvo que decirme eso? A partir de ahí empecé a tener miedo a despertarme en medio de la noche y ver un negro vestido de seda atravesando el pasillo de mi casa rumbo a mis zapatos... Por no hablar del pánico que me generaba la idea de ver entre los postigos de la ventana la amenazadora mirada de un camello.
De ahí mi mente viajó a la lata de Nesquik. Sí, esa lata que era mi perdición y que estaba ahí, en el armario de la cocina, incitándome a abordarla con una cuchara sopera. Pero lo que me traumó no fue la lata, sino mi padre. Una vez, en vaciones, el ridículo de mi padre, que siempre ha tenido complejo de James Bond, sacó de su bolsillo un papel en el que tenía apuntados mis furtivos encuentros con el conejo de Nesquik... Día y hora... ¿Cómo lo hizo? Todavía no lo sé, pero ahora, cada vez que abro el armario de mi cocina pienso que mi padre puede estar tomando nota de mis movimientos.
Otra cosa que recuerdo de mi infancia y de mi padre es su afición a contarme cuentos por la noche, cuando estaba en casa. En realidad no eran cuentos era "un cuento". Siempre el mismo. Yo, que entonces no sabía qué era el masoquismo, pedía que me lo contara una y otra vez. Él me hablaba de un chico muy pobre, que vivía en un pueblo, y que leía mucho, todos los libros que encontraba. La vida hacía que este niño se fuera del pueblo y pudiera estudiar. Años después, cuando era adulto, él volvía a su lugar de origen y llevaba el tendido eléctrico al pueblo. Ahora me pregunto ¿por qué me contaba este cuento que era más bien para niños ingenieros? porque a mí no me hacía especial ilusión lo del tendido eléctrico... Tal vez a él, a mi padre, sí le hubiese gustado que alguien le contara un cuento así, porque él nació a oscuras, sin luz eléctrica; pero para mí, una niña acostumbrada a hacer un toque y hacer la luz no me motivaba demasiado. El relato terminaba ahí, justo cuando empezaban los delirios de mi padre. Creo yo que él se sentía un poco temeroso, después de contarme el cuento, de que yo tratara de hacer lo mismo: llevar el tendido eléctrico a algún lado. Entonces terminaba la sesión de fantasía con mil y una recomendaciones sobre la importancia de que yo no tocara nada, nunca, que tuviera relación con la electricidad. Y aquí me tienen... casi una treintena de años y no puedo ver cuando alguien cambia una lamparita... porque obvio que yo no lo hago, me lo dijo mi padre.
Pero no todo se lo lleva mi padre, eh, que mi madre tiene su vela en este entierro... Pero bueno, esto lo dejo para otro post.
¡Oh, infancia! Ese lejano y maravilloso país lleno de fantasía e ilusión... ¿Alguien vivió allí? Yo no.
Uno de los primeros recuerdos que tuve fue el miedo que me provocaban los Reyes Magos. Todos los cinco de enero yo era presa de un miedo terrible. Una amiga mía, Gabriela, me juraba y perjuraba que había visto a Melchor. ¿Por qué tuvo que decirme eso? A partir de ahí empecé a tener miedo a despertarme en medio de la noche y ver un negro vestido de seda atravesando el pasillo de mi casa rumbo a mis zapatos... Por no hablar del pánico que me generaba la idea de ver entre los postigos de la ventana la amenazadora mirada de un camello.
De ahí mi mente viajó a la lata de Nesquik. Sí, esa lata que era mi perdición y que estaba ahí, en el armario de la cocina, incitándome a abordarla con una cuchara sopera. Pero lo que me traumó no fue la lata, sino mi padre. Una vez, en vaciones, el ridículo de mi padre, que siempre ha tenido complejo de James Bond, sacó de su bolsillo un papel en el que tenía apuntados mis furtivos encuentros con el conejo de Nesquik... Día y hora... ¿Cómo lo hizo? Todavía no lo sé, pero ahora, cada vez que abro el armario de mi cocina pienso que mi padre puede estar tomando nota de mis movimientos.
Otra cosa que recuerdo de mi infancia y de mi padre es su afición a contarme cuentos por la noche, cuando estaba en casa. En realidad no eran cuentos era "un cuento". Siempre el mismo. Yo, que entonces no sabía qué era el masoquismo, pedía que me lo contara una y otra vez. Él me hablaba de un chico muy pobre, que vivía en un pueblo, y que leía mucho, todos los libros que encontraba. La vida hacía que este niño se fuera del pueblo y pudiera estudiar. Años después, cuando era adulto, él volvía a su lugar de origen y llevaba el tendido eléctrico al pueblo. Ahora me pregunto ¿por qué me contaba este cuento que era más bien para niños ingenieros? porque a mí no me hacía especial ilusión lo del tendido eléctrico... Tal vez a él, a mi padre, sí le hubiese gustado que alguien le contara un cuento así, porque él nació a oscuras, sin luz eléctrica; pero para mí, una niña acostumbrada a hacer un toque y hacer la luz no me motivaba demasiado. El relato terminaba ahí, justo cuando empezaban los delirios de mi padre. Creo yo que él se sentía un poco temeroso, después de contarme el cuento, de que yo tratara de hacer lo mismo: llevar el tendido eléctrico a algún lado. Entonces terminaba la sesión de fantasía con mil y una recomendaciones sobre la importancia de que yo no tocara nada, nunca, que tuviera relación con la electricidad. Y aquí me tienen... casi una treintena de años y no puedo ver cuando alguien cambia una lamparita... porque obvio que yo no lo hago, me lo dijo mi padre.
Pero no todo se lo lleva mi padre, eh, que mi madre tiene su vela en este entierro... Pero bueno, esto lo dejo para otro post.




