Llegué hace casi una semana. Todavía no salgo del asombro de volver a ver ciertas cosas, de volver a sentir ciertos olores, de perder mis ojos en la inmensidad de Los Andes.
La gente va a otro ritmo. Por más apurado que estés, por más prisa que tengas por llegar a otro lugar, la gente va tranquila. La gente te mira la cara, no importa que no te conozca, solamente busca el contacto visual, que es un saludo implícito.
Las cosas siguen mal. Mucha gente sigue dando vueltas en círculo, negando y renegando de todo. Pero, a veces, alguien levanta la vista y te mira. Y no importa las cuentas para llegar a fin de mes (o a mitad de mes) siempre hay una excusa para el encuentro, para el mate con tortitas, para pasar una noche en vela, para hablar...
Qué ganas tengo de quedarme acá, para siempre.